La herejía hispánica, el priscilianismo

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Si quisiéramos hablar de herejías en España tendríamos que hablar en primer lugar del arrianismo hispano, site por su implantación, su duración e importancia. Sabemos que no fue una herejía originaria pero si que tuvo un influjo muy importante en el territorio hispánico.
Pero si consideramos las desviaciones de la doctrina realmente autóctonas, tendríamos que hablar del priscilianismo, a pesar de que no todos los autores aplican a Prisciliano el calificativo de hereje.
El arrianismo fue introducido por los visigodos desde su entrada en la Península a partir del año 411, constituyendo la religión oficial, mientras la gran masa del pueblo persistía fiel al cristianismo romano.
Algunos reyes visigodos como Eurico (465-484) arriano fanático y su predecesor, al que asesinó, Teodorico II (453-465) organizaron una persecución anticristiana. El reinado de Eurico coincidió con la disolución del Imperio Romano de Occidente, al ser destronado en el año 476 el último emperador Rómulo Augústulo.
Leovigildo (569-586) intentó seriamente unificar la Península sobre la base del arrianismo y tuvo opositores principales al obispo de Mérida Massona y a su propio hijo, San Hermenegildo, que murió mártir. Finalmente Recaredo, abjuró del arrianismo en el concilio III de Toledo del año 589.
El priscilianismo ha sido considerado como una herejía autóctona, sobre todo desde que Menéndez Pelayo lo incluyo entre los heterodoxos españoles.
El historiador español José María Blázquez en su obra “Aportaciones al estudio de la España romana en el Bajo Imperio” analiza las diferentes opiniones existentes entre los investigadores modernos, que van desde considerar a Prisciliano un hereje, hasta quienes piensan que no lo fue, pasando por aquellos que lo consideran un asceta heterodoxo o como el teólogo Friedrich Paret, profesor del Seminario Evangélico de Tübingen que en su libro “Prisciliano: un reformador en el siglo IV”, lo considera un precursor de la Reforma. Según Blázquez la tendencia actual entre los investigadores es la de no considerarle hereje, así lo hace el holandés Goosen, en su estudio sobre Prisciliano, considerado por Blázquez el mejor tratado actual sobre Prisciliano.
Prisciliano de Ávila (340–385) parece ser que nació en Galicia de familia senatorial. Pero tengamos en cuenta que en aquellos momentos la superficie de Galicia era muy superior a la de la actual. De hecho la vida conocida de Prisciliano discurrió en el Sur de Galicia, fue Obispo de Ávila y probablemente jamás pisó el territorio de la Galicia actual, aunque si es cierto que después de su muerte fue en Galicia donde más persistieron sus adeptos. Se sabe la existencia de grupos que tuvieron la fuerza suficiente para obligar al exilio al Obispo Ceponio de Celenes (Caldas de Reis), lo que parece suponer que fue por esta zona donde más arraigo consiguió.
Hasta el 1889 no se tenía una información precisa sobre las ideas de Prisciliano. Pero en el año 1885 se descubrieron en la Biblioteca de la Universidad de Würzburg por el director de la misma e historiador y teólogo bávaro Johann von Döllinger (1779-1890) once tratados de Prisciliano en un manuscrito.
Los tratados fueron estudiados y publicados por Georg Schepss (1852-1897) y entre ellos se pueden destacar a afectos del conocimiento de las doctrinas de Prisciliano, Liber Apollogeticus y Liber ad Damasum, unos textos de carácter histórico doctrinal, en los que el autor trata de justificar su ortodoxia.
El movimiento que lideró Prisciliano contiene un conjunto de ideas ascéticas de índole rigorista que tenían conexiones con el gnosticismo, el montanismo y el novacianismo, similares a las que anteriormente se habían desarrollado en otros momentos en la Iglesia.
Según el historiador Sulpicio Severo (360-420) autor de la biografía de San Martín de Tours, del cual era amigo, Prisciliano tenia brillantes cualidades personales: “De familia noble, rico, atrevido, inquieto, locuaz, erudito, propenso a disertar y a disputar, feliz ciertamente si no hubiera corrompido su gran ingenio con malos estudios… Pasaba mucho tiempo en vigilias, soportaba con facilidad el hambre y la sed, no era nada codicioso y sí muy parco.”
Severo dice que sus maestros fueron, Ágape, una mujer de cierto relieve social y el retórico Elpidio, discípulos a su vez del egipcio Marcos de Menfis, que había introducido el gnosticismo en España, según cuenta el teólogo protestante e historiador Philip Schaff en su obra “History of the Christian Church”.
Prisciliano abandona Galicia y se traslada a Lusitania en compañía de su maestro Elpidio, donde encuentra protección en dos obispos de aquella provincia: Instancio y Salviano.
Sintiéndose respaldado por el apoyo episcopal da un giro importante al primitivo movimiento que le había acogido, proponiendo como forma de vida obligatoria para todos los fieles el rigorismo moral, que hasta entonces sólo era un estilo de vida cristiana practicado por sus adeptos.
Cuando el movimiento herético es convertido por Prisciliano en una propuesta general, Hidacio, obispo de Mérida, conocedor de las tesis priscilianistas por medio de Higinio Obispo de Córdoba, reacciona inmediatamente excomulgando al promotor de la novedosa corriente y a sus defensores.
En el Concilio de Zaragoza se encarga a Itacio para que hiciera cumplir los decretos conciliares a Prisciliano. No logró convencer a los herejes quienes, en claro desafío, ordenaron a Prisciliano como sacerdote y le nombraron obispo de Ávila.
Los Obispos Hidacio e Itacio apelaron entonces a las autoridades imperiales. El emperador Graciano (375- 383) emitió un decreto que no solo privaba a los priscilianistas de las iglesias de las que se habían apoderado sino que además los condenaba al exilio.
Prisciliano y Salviano fueron a Roma para tratar de conseguir que el Papa Dámaso revocara la sentencia. Al negárseles la audiencia se fueron a Milán buscando la ayuda de San Ambrosio, pero con el mismo resultado. Entonces lo intentaron en la corte con intrigas y sobornos con tal éxito que no solo se vieron libres de la sentencia de destierro sino que se les permitió tomar posesión de sus iglesias de España, donde disfrutaron de tal poder por el patrocinio de los funcionarios imperiales que obligaron a Itacio a salir del país. Itacio se refugia en las Galias y después en Tréveris.
Pero una circunstancia política va a cambiar la suerte de Prisciliano, en el año 383, se subleva el ejército de Britannia y las legiones proclaman emperador a Máximo (340-348). Éste, después de vencer a Graciano, se establece en Tréveris.
Itacio, perseguido hasta entonces por los oficiales de Graciano, aprovecha el cambio de emperador y acude a Máximo acusando a Prisciliano.
Máximo ordena que Prisciliano se presente en Burdeos, donde un concilio dictaminará sobre su situación. De la celebración y resultados de este concilio (a. 384) sólo sabemos que Instancio fue depuesto y que Prisciliano recurrió al Emperador.
Las partes contendientes se trasladaron a Tréveris, residencia de Máximo, el cual accedió a intervenir en el conflicto, a pesar de la oposición de San Martín de Tours (316-397), que se encontraba en esos momentos en Tréveris, a que un tribunal civil entendiera en causas eclesiásticas y a que se impusieran penas no canónicas por asuntos religiosos. Sin embargo, Itacio actuó como acusador de una forma muy vehemente.
San Martín de Tours obtuvo de Máximo la promesa de que su condena evitaría el derramamiento de sangre, pero cuando dejó Tréveris, el emperador nombró como juez al prefecto Evodio que encontró a Prisciliano y a los otros, culpables del crimen de magia. Prisciliano fue condenado a muerte el año 385, según dice Severo, “convicto de maleficio, de haber estudiado doctrinas obscenas, de haber celebrado reuniones nocturnas con mujeres y orado desnudo en dichas reuniones” (Severo, Chron., II, 50).
Cuando San Martín de Tours supo lo que había sucedido, volvió a Tréveris y obligó al emperador a revocar la orden dada a los tribunos militares que ya estaban de camino hacia España para extirpar la herejía.
El delito de maleficio era castigado civilmente con pena capital. Prisciliano fue decapitado junto a dos de sus clérigos, Felicísmo y Armenio y cuatro diáconos Latroniano, Eucrocia, Asarbo y Aurelio.
La muerte de Prisciliano fue el primer caso de que un tribunal civil condenase a muerte por motivos religiosos, aunque la sentencia fuese por practicar la magia. El Papa, San Siricio (384-399), censuró no sólo las acciones de Itacio sino también las del emperador.
San Ambrosio fue igualmente severo condenando este caso; algunos de los obispos galos que estaban en Tréveris bajo el liderazgo de Teogisto, rompieron la comunión con Itacio, que fue depuesto de su sede por un sínodo de los obispos españoles, mientras que su amigo e instigador Hidacio fue obligado a renunciar.