La histórica decisión de Benedicto XVI

Print Friendly

La sorpresa generalizada ha sido la reacción unánime ante la inesperada “renuncia al ministerio de Obispo de Roma” del Santo Padre, levitra esta mañana en que la Iglesia conmemora la festividad de la Virgen de Lourdes y el Día mundial del enfermo.
Como ha declarado el director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, illness el Padre Federico Lombardi S. I., clinic según el Código de Derecho Canónico en su artículo 322, apartado 2 se dice “Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie.”
Las palabras que Su Santidad ha pronunciado para explicar su decisión “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino” son de una honradez y humildad tales, que deberían acallar las voces que pronto comenzaran a criticar su decisión.
Decisión que él ya hacía años había considerado y manifestado públicamente en noviembre de 2010, cuando en el libro entrevista “Luz del mundo”, contestó al periodista Peter Seewald a la pregunta que este le formulaba de si consideraba oportuno la posibilidad de que un Papa dimitiese. La respuesta de Benedicto XVI fue: “Sí, cuando un Papa llega a la clara conciencia de no ser más capaz física, mental y espiritualmente de desarrollar el cargo que le ha sido encomendado, entonces tiene el derecho, y en algunas circunstancias también el deber, de dimitir”.
La decisión que ha tomado hoy Benedicto XVI es totalmente histórica, hay que remontarse al 4 de julio año 1415 cuando Gregorio XII dimitió de su cargo, en unas circunstancias muy convulsas.
La situación más parecida a la de hoy, es decir, renuncia voluntaria, salvando la distancia de las personas, la protagonizo Celestino V (1215-1296) que renuncio 13 de Diciembre de 1294, después de sólo cinco meses de pontificado.
Una situación similar a la de Gregorio XII y quizás menos conocida es la que se produjo durante el pontificado del Papa Calixto (217-222).
Este Papa adoptó una postura comprensiva con ocasión del problema de la readmisión en la Iglesia de los que habían apostatado durante alguna persecución, mitigando la disciplina para los penitentes que se habían hecho culpables de pecado mortal. Hipólito, un presbítero procedente de Oriente y que residía en Roma, acusó a Calixto de que con su actitud se separaba de la tradición de la primitiva Iglesia, aunque no negaba que la Iglesia tiene la potestad de perdonar los pecados.
Estos hecho motivaron que Hipólito se separase de Iglesia y fuera elegido obispo de Roma en el año 217 por un reducido círculo de partidarios suyos, convirtiéndose en el primer antipapa de la historia.
Hipólito mantuvo su postura tras la muerte de Calixto y durante el pontificado de los sucesores de este, Urbano (222-230) y Ponciano (230-235).
Durante las persecuciones del emperador Maximino el Tracio del año 235, Hipólito y Ponciano, que era entonces el papa legítimo, fueron desterrados a las minas de Cerdeña, donde parece ser que se reconciliaron. Allí los dos renunciaron al pontificado, para facilitar la pacificación de la comunidad romana, que de este modo pudo elegir un nuevo Papa y dar por terminado la dualidad existente.
La elección recayó en Antero, que fue elegido papa el 21 de noviembre de 235, tras la renuncia de su predecesor el papa Ponciano.