La Patrona de España

Print Friendly

Casi cien años antes de que se proclamase el dogma, cure la Inmaculada Concepción fue proclamada Patrona de España por el papa Clemente XIII, mediante la bula “Quantum Ornamenti”, de fecha 25 de diciembre de 1760, por expresa solicitud del rey Carlos III.
El Papa Pío IX el ocho de diciembre de 1854 proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción, cuando en la Bula Ineffabilis Deus  dijo “declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, qué debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano”.
Algunas personas confunden este dogma de la Inmaculada Concepción, con el de la virginidad perpetua de María que se definió en el Concilio de Letrán del año 649. Es decir, el dogma cuya solemnidad se celebra hoy se refiere no a la concepción virginal de Cristo realizada en María por obra del Espíritu Santo, sino a la concepción por la cual María fue engendrada en el seno de su madre, inmaculada, limpia de todo pecado y preservada de esa separación con Dios que marca al hombre desde el principio de su existencia, el pecado original.
En la transcripción del texto con la que iniciamos este comentario se dice “inmune de toda mancha de culpa original”, es decir la Iglesia confiesa que María en ningún momento y en modo alguno fue alcanzada por la culpa original.
El Papa Pío XII, en la encíclica Fulgens corona, publicado en el centenario de la promulgación del dogma, insiste en que la Santísima Virgen “es tan pura y tan santa que no puede concebirse pureza mayor después de la de Dios”.
El sentimiento de que María había sido concebida de sin pecado existía en la Iglesia desde los inicios y San Efrén (306-376), San Basilio (330-379), San Ambrosio (340-397) y otros muchos así lo manifestaron.
A pesar de que esta fiesta se introduce hacia el siglo X en Occidente, celebrándose explícitamente la Concepción de María sin pecado original, durante los siglos XIII y XIV, basándose en que la redención se aplicó a todo el genero humano, existieron teólogos que pensaban, que aunque solo fuese por un instante, la Virgen María tenia que haber contraído el pecado original. Existían, por tanto, dos corrientes los maculistas liderada por los dominicos y los inmaculistas, uno de sus más fervientes defensores fuel franciscano escocés John Duns Escotos (1266-1308).
La dificultad que algunos teólogos tuvieron antes de la declaración dogmática para reconocer sin lugar a dudas la Inmaculada Concepción de María, era la universalidad de la Redención operada por Cristo. ¿Cómo explicar la excepción en la herencia del pecado original que todos recibimos y en la necesidad que todos tenemos de ser redimidos?
La respuesta del Magisterio es clara, como dice el Catecismo en su punto 491 “A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María “llena de gracia” por Dios (Lc 1, 28) había sido redimida desde su concepción”. María no es una criatura exenta de redención, por el contrario: es la primera redimida por Cristo y lo ha sido de un modo eminente en atención a los méritos de Jesucristo.
A la dificultad teológica sobre cómo podía una persona ser redimida sin haber contraído al menos un instante el pecado original, se responde con la distinción entre “redención liberativa” que es la que se aplica a todos nosotros mediante la regeneración del Bautismo y “redención preservativa” que es la que aconteció en María ya antes de que pudiera incurrir en pecado.
En el camino hacia la promulgación del dogma, en los años 1476 y 1483, el Papa Sixto IV aprueba la Fiesta y el oficio de la Concepción Inmaculada, prohibiendo calificar como herética la sentencia inmaculista, Inocencio VIII, en el año 1489 aprueba la invocación de la Concepción Inmaculada de la Santísima Virgen,
El Papa Alejandro VII en la Bula Sollicitudo omnium Ecclesiarum, del 8 de diciembre de 1661, aclara nuevamente que existe un antiguo y piadoso sentir de los fieles de Cristo hacia su madre beatísima, la Virgen María, según el cual el alma de ella fue preservada inmune de la mancha del pecado original en el primer instante de su creación e infusión en el cuerpo, por especial gracia y privilegio de Dios, en vista de los méritos de Jesucristo Hijo suyo.
Clemente XI, el año 1708, extiende la fiesta de la Inmaculada como fiesta de precepto a toda la Iglesia Universal.
En la constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, del Concilio Vaticano II, se dice que María es la “que, después de Cristo, ocupa en la santa Iglesia el lugar más alto y a la vez el más próximo a nosotros”