La señal de la cruz

Print Friendly

Durante los primeros momentos del cristianismo se hacía más énfasis en el acontecimiento Pascual de la Resurrección que en el aspecto sacrificial de la Cruz, sovaldi por eso es prácticamente imposible durante los dos primeros siglos encontramos alguna simbología cristiana relacionada con la Cruz y parece ser que lo mismo ocurría con la señal de la cruz, there ese gesto tan extendido actualmente dentro de la religión católica.
La iconografía de esos momentos se centraba en la imagen Cristo representado como el Buen Pastor y en símbolos como el pez, como anagrama de Cristo y alegoría de la Eucaristía, el ancla y la paloma. Un poco más tarde aparecen imágenes de Cristo en las que se representa al Señor como un hombre joven o incluso adolescente, son los llamados “Cristo helenístico”. Existe en el Museo Nazionale Romano una escultura del siglo IV, perteneciente a esta tipología, que en este caso, representa un Cristo docente, y también  el descubierto en el Hipogeo (cámara sepulcral subterránea) de los Aurelios en Roma, de la primera mitad del siglo III.
En el siglo IV se produjeron dos hechos que hicieron que la atención de los cristianos hacia la Cruz fuese creciendo, su utilización por el ejército del emperador Constantino, en la batalla de Puente Milvio el 28 de octubre de 312, después de que el emperador tuviese una visión o un sueño y el descubrimiento de la Cruz de Cristo, en Jerusalén, el año 326, por Santa Elena, la madre de Constantino.
Eusebio en su obra Vida de Constantino describe con detalle que Constantino adoptó como estandarte de guerra (labarum) lo que hoy se conoce como crismón, una cruz formada al superponer los dos primeras letras de la palabra Cristo en griego “???????”.
La fiesta de la exaltación de la Santa Cruz, que se conmemora el 14 de septiembre, ya se celebraba en Oriente en el siglo V y en Roma al menos desde el siglo VII.
En Jerusalén y en general en Oriente se celebraba el hallazgo de la Cruz del Señor, la generalización de la celebración fue debida a que después de haber sido robada por los ejércitos de Cosroes II a principios del siglo VII, fue recuperada de manos de los persas por el emperador Heráclito (575-641) en el año 628.
En estos momentos empiezan a existir las primeras representaciones de Jesús con la Cruz, pero representando a un Cristo Glorioso. Aunque la primera representación escultórica de Jesús con la cruz al hombro data de la segunda mitad del siglo IV y se encuentra en un sarcófago romano que se exhibe en el Museo Pío Cristino del Vaticano, para hallar de forma generalizada una representación de Cristo clavado en la cruz hay que esperar hasta el románico (siglos XI, XII y parte del XIII), en el que se representa a un Cristo majestuoso y hierático clavado en la cruz, con cuatro clavos, ojos abiertos, corona, con los brazos horizontales y vestido con túnica larga hasta los pies y atada con un cinturón o cinta que cuelga.
Como magnifica representación de este estilo, tenemos en el Museo Arqueológico Nacional, el Crucifijo de Don Fernando y Doña Sancha, del año 1060, está realizado en marfil y tiene apenas medio metro de altura, fue encargado por el rey Fernando I de Castilla y su mujer la reina Sancha.
A grandes rasgos, acabamos de describir como la cruz, no fue desde los inicios del cristianismo el símbolo escogido para representar a Cristo y su misterio de salvación. Parece ser que lo mismo ocurrió con la señal de la cruz, este signo no se utilizó desde los primeros momentos.
La primera referencia que tenemos de su uso la encontramos en Tertuliano, que vivió entre los años 160 y 220. En su obra De Corona Militis, describe una serie de acciones cotidianas, como viajes, comida, descanso, que resume, “en cualquiera de las tareas en que nos ocupemos”, en las que “marcamos nuestras frentes con el signo de la cruz”.
De la misma forma se expresa San Cirilo (315-386), en una de sus Catequesis pronunciada en Jerusalén titulada “Cristo resucitado y sepultado” donde dice “En la frente, como gesto de confianza, hágase con los dedos la señal de la cruz, y eso para todo: cuando comemos pan o cuando bebemos, en las entradas y salidas, antes de acostarnos, al dormir y al levantarnos, cuando caminamos y cuando estamos quietos.” (XIII, 36).
Vemos que desde el siglo cuarto, los cristianos tienen la costumbre de realizar sobre su frente, o la de los demás, una pequeña cruz con un dedo, generalmente, el pulgar.
Un poco más tarde, el uso del signo de la cruz está generalizado pues San Agustín (354-430), en uno de sus sermones dice que “es por la señal de la cruz por lo que el Cuerpo del Señor está consagrado, las fuentes bautismales son santificados, los sacerdotes y soldados son admitidos en sus respectivos órdenes en la Iglesia y todo lo que está destinado a ser santo es consagrado por el signo de la cruz del Señor, con la invocación del nombre de Cristo”.
San Agustín se debe de estar refiriendo a un evolución del signo, que ha pasado de la pequeña cruz sobre la frente a una gran cruz como la que se utiliza cuando trazamos sobre las personas y las cosas (en forma de bendición) o sobre nosotros mismos, desde la frente al pecho y desde el hombro izquierdo al derecho. Esta acción recibe el nombre de santiguar, que habitualmente utilizamos en su forma pronominal, santiguarse.
Como se sabe, en el rito ortodoxo, los fieles llevan primero su mano al hombro derecho y después al izquierdo.
Podríamos decir que la acción de santiguarse es la forma abreviada de realizar la señal de la cruz sobre nosotros mismos, realizándose con la mano extendida.
Además de santiguarse los fieles cristianos se persignan, haciendo con la yema del dedo pulgar de la mano derecha, pequeñas cruces respectivamente sobre la frente, los labios y el pecho y acto seguido se santiguan. Algunas personas tienen la costumbre de cruzar el dedo índice y pulgar, en forma de pequeña cruz, llevándoselo a los labios al decir amén.
En la lectura del evangelio, los fieles a la vez que el celebrante se persignan, pero sin santiguarse a continuación. El sentido de esta acción es expresar nuestra disposición a la Palabra que se va a proclamar, bendiciendo nuestros pensamientos, palabras y sentimientos.
El santiguarse al inicio de la Santa Misa es uno de los momentos en los que se pone expresamente de manifiesto que el signo del cruz no es solamente un gesto, es una declaración de fe en sí mismo, pues con este pequeño gesto no solo estamos representando el signo de nuestra redención, se está haciendo una declaración expresa de fe en la Santísima Trinidad.
La señal de la cruz está constantemente presente en la vida de un cristiano, no solamente como acción particular que ejecuta, como dice el Catecismo en el punto 2157, al “comenzar su jornada, sus oraciones y sus acciones” porque “la señal de la cruz nos fortalece en las tentaciones y en las dificultades”, sino porque además todos los momentos importantes de su vida están relacionados con este signo.
Los ortodoxos, cuya liturgia está más cargada de simbología que la católica, realizan, como hemos comentado, la señal de la cruz siguiendo un orden distinto al que nosotros observamos, pero además juntan los dedos índice, medio y pulgar de la mano derecha y los dedos anular y meñique se doblan sobre la palma de la mano, de forma que representan, a las tres personas de la Santísima Trinidad y a las dos naturalezas de Cristo.
La otra diferencia es que mientras nosotros al signarnos pronunciamos “Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro” los ortodoxos al realizar las tres cruces dicen “Dios fuerte, Dios santo, Dios inmortal, ten misericordia de nosotros”
Parece ser que antes del siglo XII ambas confesiones realizábamos la señal de la cruz como lo hacen los ortodoxos, pues cuando se hace una sola cruz sobre la frente, el movimiento natural es ir hacia la derecha y después a la izquierda y este ritmo se continuó cuando la cruz se hacía sobre uno mismo. No se sabe exactamente cuando los católicos comenzamos a realizarla en el sentido contrario.
Las otras confesiones cristinas, las que genéricamente denominamos protestantes, no utilizan la señal de la cruz, argumentando que su uso no está indicado en la Biblia.
Una buena terminación de esta entrada seria recordar las palabras de Juan Pablo II en su alocución al final del vía crucis del Viernes Santo del año 1980, cuando dijo: “Quien acoge a Dios en Cristo, lo acoge mediante la cruz. Quien ha acogido a Dios en Cristo, lo expresa mediante esta señal: en efecto, se persigna con la señal de la cruz en la frente, en la boca y en el pecho, para manifestar y profesar que en la cruz se encuentra de nuevo a sí mismo todo entero: alma y cuerpo, y que en esta señal abraza y estrecha a Cristo y su reino.”