Los diáconos en los inicios del cristianismo

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Una de las primeras instituciones que se establecieron entre los primeros cristianos fue la del diaconado. La antigüedad de esta institución la pone de manifiesto Esteban, que fue martirizado en el año 36.
Sabemos que Esteban era uno de los siete diáconos que fueron elegidos para atender el “servicio de la mesa” para que los Apóstoles pudieran atender a “la oración y al ministerio de la palabra”.
Los Hechos de los Apóstoles cuentan cono “Fueron presentados a los apóstoles quienes, orando, les impusieron las manos” (Hch 6, 6). Como sabemos, estos siete diáconos de procedencia helenística (judíos procedentes de la Diáspora convertidos al cristianismo que hablaban griego), fueron nombrados para compensar las deficiencias de atención de las viudas de esta procedencia en el servicio cotidiano.
Probablemente los cristianos habían adoptado el modelo de atención a los necesitados que practicaban los fariseos. Todos los viernes las sinagogas tenían la costumbre de hacer una colecta para los más necesitados (kuppah) además de una colecta diaria para tender las necesidades urgentes (tamhui). Las viudas eran atendidas por este subsidio público diario.
Esto hace pensar, aunque no es mencionado en los Hechos, que previamente existiesen otras personas de procedencia hebrea (cristianos de habla aramea) encargadas exclusivamente del “servicio de mesa”, que fueron las que por su negligencia promovieron las protestas y en consecuencia, los Apóstoles ordenasen a estos siete diáconos helenistas, pensando en una institución más completa y permanente.
Algunos autores protestantes, el luterano Jürgen Roloff (1930-2004) entre ellos, no ven en la imposición de manos y en la oración una verdadera ordenación ministerial, dado que en los Hechos no se les menciona de forma explicita como diáconos, aunque realmente Lucas menciona a Esteban y a Felipe como entregados al ministerio de la palabra, de lo que se puede deducir que realmente ya tenían asignado ese ministerio.
La imposición de manos que habla Lucas parece referirse a la imposición que habla San Pablo en sus cartas a Timoteo y así fue interpretada por la tradición de la Iglesia, siendo múltiples las referencias que apoyan esta ordenación diaconal, Ireneo cita a Esteban como “el primer diácono elegido por los Apóstoles y el primer mártir de Cristo” (Ad. Haer. IV, 15.1) y según cuenta Eusebio, en Roma existía la tradición de limitar a siete el número de diáconos, atendiendo al precedente de los siete diáconos de los Hechos. Esta costumbre se mantuvo en Roma hasta el siglo XI cuando se duplicó el número de diáconos. En un canon del Sínodo de Neocesarea (314-319), se estableció la misma restricción para todas las ciudades, sin importar su tamaño, basándose en el mismo antecedente.
Hay autores, que estando de acuerdo con esta suposición discrepan del carácter de los mismos, opinan que los hebreos encargados del “servicio de mesa” eran también diáconos que habían recibido la imposición de manos y que son los personajes a los que se les envía ayuda por mediación de Bernabé y Saulo (Cfr. Hch 11, 30).
Vemos pues que la institución diaconal puede ser incluso anterior al año 36, aunque a partir de la ordenación de Esteban y sus compañeros, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, prosélito de Antioquia, es decir, un pagano convertido al judaísmo, (Cfr. Hch 6), se institucionaliza la figura del diacono y vemos, por ejemplo, como San Pablo en el saludo inicial de su carta a los Filipenses (escrita en los años 54-55), los menciona junto a los obispos (Cfr. Flp 1, 1) y como en su primera carta a Timoteo enumera algunas características que estos deben tener. (Cfr. I Tim 3, 8-13).
El diaconado en la Iglesia primitiva era considerado como grado propio y permanente, y no como simple paso o etapa hacia el presbiterado, como sucedió después. El Concilio Vaticano II restauró el Diaconado permanente como un Orden intermediario entre los Obispos y Presbíteros y el pueblo de Dios.
Además de las viudas mencionadas mas arriba, recibían el nombre de viudas aquellas mujeres que se dedicaban a funciones de ayuda a la comunidad cristiana, San Pablo las cita en su primera carta a Timoteo, “no sea elegida ninguna viuda de menos de sesenta años, mujer de un solo marido” (I Tim 5, 11) y San Ignacio de Antioquia, en el saludo final de su carta a los de Esmirna saluda a las “vírgenes llamadas viudas”.
En la Didascalia, un texto del siglo III que trata de cuestiones morales y litúrgicas habla de las viudas y de las diaconisas, sin establecer distinción entre ellas, sin embargo, en las Constituciones Apostólicas, una obra recopilatoria atribuida a Clemente, quizás del año 380, se dice que las viudas no reciben imposición de manos, lo que no implica que si la recibieran las diaconisas.
San Pablo habla en dos ocasiones de las diaconisas, de forma genérica en la primera carta de Tim 3, 13, (algunos autores piensan que se está refiriendo a las mujeres de los diáconos) y de una forma concreta cuando en la Epístola a los Romanos, pide a estos que acojan a “Febe, diaconisa de la iglesia de Cencreas” (Rom 16, 1-2).
Parece ser que la portadora de la carta a los romanos fue Febe, que por su nombre debería ser de origen gentil y natural de Corintio, dado que Cencreas era el puerto oriental de Corinto.
No se sabe cual seria el significado exacto del término “diaconisa” que San Pablo aplica a Febe, puesto que este es el único caso que en el Nuevo Testamento se da a una mujer ese titulo.
La relación que los nuevos cristianos tienen con las mujeres es muy diferente al tratamiento o posición de la mujer en el mundo judío. Recordemos que la mujer en el mundo oriental de entonces tenia una posición que difícilmente entenderíamos en la actualidad, no se puede generalizar, pues incluso en aquellos momentos, no era igual el trato en las ciudades que en el campo, ni entre gente adinerada y grupos más populares.
Podríamos poner muchos ejemplos para describir el sometimiento de la mujer al hombre, pero si nos ceñimos al aspecto religioso podemos decir, entre otras muchas limitaciones, que las mujeres solamente podían acceder al Templo en el atrio de los gentiles y no tenían obligación de ir a las peregrinaciones, ni de recitar la Shemá tres veces al día.
Hay una sentencia del Rabí Eliezer ben Hircanos, uno de los más eminentes Tanna’im de la segunda generación (años 80-120 d. C.) que decía “quien enseña la Torah a su hija, le enseña el libertinaje”, y otra decía: “Vale más quemar la Torah que transmitirla a las mujeres”.
Por eso es de destacar, y a lo largo de los evangelios hay numerosos ejemplos, cómo Jesús considera a la mujer con la misma dignidad del hombre, dándole un tratamiento radicalmente distinto al que le daban sus contemporáneos.
Vemos como un grupo de mujeres acompañaban a Jesús y a los Apóstoles, “María, llamada Magdalena, de la cual habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes, y Susana, y otras varias que le servían de sus bienes” (Lc 8, 2-3), son las mujeres las que no abandonan a Jesús en la cruz, “Había allí, mirándole desde lejos, muchas mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle: entre ellas María Magdalena y María la madre de Santiago y José y la madre de los hijos de Zebedeo” (Mt 27, 55-56) o como cuenta San Juan, al pie de la cruz “estaba su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena” (Jn 19, 25) y son nuevamente las mujeres las primeras a las que se les aparece después de su muerte.
De la misma forma, en las cartas de Pablo encontramos el nombre de numerosas mujeres que colaboraron con el apóstol; además de Priscila, que junto con su marido Aquila, son siempre nombrados juntos, nos encontramos que en la larga lista de personas a las que recomienda y saluda al final de su carta a los Romanos se encuentran María (“que se ha afanado mucho por vosotros”), Junia, Trifena y Trifosa (“que se han fatigado por el Señor”), Pérsisda (“que trabajó mucho en el Señor”), Julia y Olimpia (Rom 16, 1-16), en otras cartas hay referencias a Cloe (I Co 1, 11), Apia (Flm 2), Evodia y Sintique (“que lucharon por el Evangelio a mi lado”) (Flp 4, 2).
No es fácil concretar cuál era la misión de estas mujeres y menos aun de las que fueran diaconisas. Parece ser que las diaconisas ejercieron un ministerio auxiliar que iba desde la asistencia a los pobres y los enfermos, hasta la colaboración en la administración de algunos sacramentos, tales como la que realizaban en el bautismo de las mujeres en el que debía ser salvaguardado el pudor, dado que se realizaba por inmersión.
No obstante las funciones de las diaconisas variaron según las iglesias, por ejemplo en las iglesias siríacas no calcedonianas (copta, etiópica, siría, persa y armenia), sus funciones fueron más amplias aún, pero sin llegar nunca hasta las funciones privativas de los presbíteros y obispos.
Actualmente existen mujeres diaconisas en el rito caldeo, que es como se denominan a los católicos del Patriarcado de Bagdad, el papel de las diaconisas es el de asistir al sacerdote en el bautismo de las mujeres adultas y colaborar en la educación de las familias; no reciben una ordenación diaconal propiamente dicha, realizan una consagración en la que la diaconisa se compromete al servicio de la Iglesia.
Incluso, entre los anglicanos se mantiene que las diaconisas no son una de las órdenes sagradas de la Iglesia de Inglaterra. Desde 1861 ha habido diaconisas, pero desde que se acepta la ordenación de mujeres, una diaconisa, para llegar al sacerdocio, tiene que ser ordenada antes de diácono.