Los milagros de Jesús

Print Friendly

Según cuenta San Juan al comienzo del capítulo segundo de su evangelio, pharmacy la conversión del agua en vino “fue el primer milagro que hizo Jesús, buy cialis en Caná de Galilea, salve manifestando su gloria, y creyeron en El sus discípulos” (Jn 2, 11).
El Nuevo Testamento está lleno de estas acciones extraordinarias de Jesús o milagros, como habitualmente los denominamos, a pesar de que esa palabra no es generalmente la utilizada en los Evangelios, es más frecuente que se refieran a “manifestaciones portentosas”, “señales” o “hechos asombrosos”.
A la luz de los estudios actuales los milagros de Jesús son aceptados, incluso por la crítica no cristiana. No se pone en duda que Jesús realizó en su vida acciones entendidas por sus contemporáneos como milagrosas.
No siempre fue así, durante la primera etapa racionalista se adoptó una solución aparentemente fácil, no considerarlos históricos, es decir, negarlos o considerarlos hechos naturales. Quien inicio esta crítica fue el teólogo alemán David Friedrich Strauss (1808-1874), que escandalizó a sus contemporáneos con la primera biografía sobre Jesús en la que no lo reconocía como Hijo de Dios, “La vida de Jesús críticamente examinada”, y en la que plantea que los milagros deben entenderse en un sentido “místico” y que son creaciones literarias que pretenden fortalecer la idea dela mesianidad de Jesús.
Pero incluso en épocas anteriores y con otro tipo de argumentaciones, la oposición a los milagros, como algo que se opone a las leyes naturales, comenzó incluso antes de la Ilustración. A comienzos del siglo XVII, el hugonote Pierre Bayle (1647-1706) argumentaba que lo milagros repugnan a la razón y que no hay nada más indigno que creer que Dios interviene en cambiar el curso de la naturaleza; el holandés, de origen portugués, Baruc Spinoza (1632-1677) decía que aceptar algo contrario a la naturaleza es negar la existencia de un Dios inmutable y el filósofo escocés, David Hume (1711-1776), llegó a la conclusión de que el deseo rige el comportamiento humano más que la razón y que el único fundamento de nuestra certeza es la experiencia de los sentidos, la cual determina la constancia de las leyes de la naturaleza; por tanto, si un hombre atestigua la existencia de un milagro, hay que rechazar su testimonio.
Sobre este tema se han escrito miles de páginas con “explicaciones” más o menos afortunadas, Carl Clemen (1865-1940) trata de buscar explicaciones naturales, Heinrich Paulus (1761-1851) y C. F. Bahrdt (1741-1792) siguen esta senda racionalista, el conocido Rudolf Karl Bultmann (1884-1976) realiza un erudito análisis, donde va recorriendo de forma exhaustiva todos los milagros descritos en los Evangelios, estableciendo la diferencia entre mirakel (milagro) y wunder (prodigio); para él los milagros son aquellos hechos que van en contra de la naturaleza y por tanto no los acepta y los prodigios son las acciones de Dios en la naturaleza. Para él a la fe solo le interesa el “wunder” y “no hay más que un milagro en el sentido de prodigio: el de la revelación, es decir, el de la manifestación de la gracia de Dios al impío”.
Pero frente a todas estas propuestas de la ciencia, la realidad práctica es que la percepción de los creyentes frente a las acciones milagrosas de Jesús es diferente puesto que parten de unos presupuestos distintos, reconocen que Jesús es el Hijo de Dios.
Pero no sería necesario basarse en hechos subjetivos que implican la necesidad del don de la fe, lo propios hechos evangélicos nos dan una valoración histórica de los milagros de Jesús.
Sabemos que los evangelistas escriben sus textos dirigiéndose a públicos diferentes y teniendo intenciones doctrinales y teológicas distintas, según el jesuita canadiense René Latourelle (1918-1995), para Marcos los milagros son actos de poder que señalan a Jesús como aquel en quien se establece definitivamente el reino de Dios; para Mateo revelan al siervo de Dios, que cumple su voluntad con los oprimidos por la enfermedad y el pecado; para Lucas son la manifestaciones del profeta mesiánico qué trae la liberación y la salvación y finalmente para Juan, los milagros son signos de la gloria de Dios que habita en Jesús.
Pero más allá de sus intenciones, cuantitativamente los milagros de Jesús están ocupando una gran parte del mensaje, vemos, por ejemplo, que en el Evangelio de Marcos los relatos de hechos extraordinarios ocupan un 31% del texto total, de los 666 versículos totales, 209 están referidos a milagros, incluso si no se considera el relato de la Pasión, el porcentaje aumenta al 47%, es decir 209 versículos frente a 425.
Lo mismo ocurre en el Evangelio de Juan que podría dividirse en dos partes, los milagros de Jesús y sus consecuencias y la narración de la Pasión, sin ser una relación exhaustiva, pues como dice el mismo Juan “Otras muchas señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no están consignadas en este libro. Éstas quedan escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida por medio de él” (Jn 20,30-31).
Con estos datos Latourelle presenta la argumentación principal que pone de manifiesto la seguridad de los milagros de Jesús; los milagros están tan íntimamente unidos a la trama de los Evangelios y ocupan tanto espacio en ellos que habría que aceptar o rechazarlos conjuntamente.