Magnificat

Print Friendly

En la conclusión del mes de mayo, ailment la Iglesia celebra la festividad de la Visitación de la Virgen María. Si leemos el capitulo primero del evangelio de San Lucas, a partir del versículo 39, no encontraremos con la descripción de esta visita, en la que dos mujeres, embarazadas de forma milagrosa, se reúnen dando gracias a Dios, “¡Dichosa tú que creíste! Porque se cumplirá lo que el Señor te anunció”.
Desde el versículo 46 al 56, el evangelista pone en labios de María el Magnificat, ese himno que se reza a la Virgen en acción de gracias por el privilegio de ser la Madre de Dios y por la bondad de Dios en la redención humana.
Este himno se denomina así porque de esa manera comienza en su versión latina (Magnificat anima mea Dominum) y es rezado (cantado) por todos los cristianos.
Ya en el siglo IV fue incluido dentro las Vísperas, aunque en las Reglas, escritas antes del año 502 y que el Obispo San Cesáreo de Arles (470-542) dio a todos los monasterios de su diócesis, se incluía en las Laúdes, tal como siguen haciendo en la Iglesia griega.
El Obispo William Durandus (1237-1296), canonista y uno de los más importantes escritores litúrgicos medievales, secretario del Papa Gregorio X (1271-1276) en el segundo Concilio de Lyon del año1274, en el libro V de su obra Rationale divinorum officiorum dedicado a las Horas Litúrgicas, entre las diversas razones con las que argumenta que el Magnificat debe ser rezado en Vísperas indica que “el mundo fue salvado en su caída del atardecer por el consentimiento de María al plan divino de la Redención” y el historiador Georges Colvener (1564-1649), encuentra otra razón en la posibilidad de que Nuestra Señora llegara a la casa de Santa Isabel hacia el anochecer; argumentos quizás no muy técnicos pero que llegan a establecer una costumbre a lo largo de muchos años.
A finales del siglo XIX, se puso en duda que las palabras del Magnificat fuesen de la Virgen María, pues en tres códices, Vercellensis y Veronensis, ambos del Siglo IV, y Rhedigerianus del Siglo VII, se dice “E Isabel dice…”, incluso en 1900, el conocido teólogo luterano alemán, Adolf von Harnack (1851-1930), apoyó esta opinión, aunque argumentando que el texto original no menciona ningún nombre, solamente dice “Y ella dice…”.
Estas discusiones académicas fueron zanjadas basándose en lo testimonios de Tertuliano y de todos los textos griegos y siríacos.
Auque quizás el mejor argumento para desechar la hipótesis de la autoria isabelina, es la profecía que se incluye en el texto, “porque se ha fijado en la humildad de su esclava y en adelante me felicitarán todas las generaciones” (v. 48), que se ha cumplido plenamente en María.
Es normal que un texto tan importante haya merecido un estudio muy detallado de los expertos, pero más allá de esas disquisiciones científicas, lo que nos puede interesar destacar es la evidente similitud que se encuentra entre este himno y algunos textos del Antiguo Testamento como el Salmo 135 o el cántico de Ana del primer Libro de Samuel (2, 1-10) y como el texto se divide en dos partes, en la primera se exponen las experiencias vividas por María y en la segunda la acción de Dios sobre los hombres, particularizada en el pueblo de Israel.
Según Juan Pablo II, es un texto de gran profundidad teológica, “porque revela la experiencia del rostro de Dios hecha por María, Dios no sólo es el Poderoso, para el que nada es imposible, como había declarado Gabriel (Cf. Lc 1, 37), sino también el Misericordioso, capaz de ternura y fidelidad para con todo ser humano”.
El Magnificat es una plegaria que contiene agradecimiento, júbilo, alabanza, libertad, misericordia y esperanza y por eso, además de proclamarlo, pueda ser conveniente llevarlo a lo profundo de nuestra alma en una sosegada meditación.