María y la resurrección de Jesús

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Durante el tiempo pascual rezamos la antífona Regina Coeli sustituyendo al rezo del Ángelus, pharm según estableció Benedicto XIV en 1742.
El Regina Coeli es un bonito himno de autor desconocido, site en el que felicitamos a la Virgen porque “en verdad ha resucitado el Señor”.
Aunque no se conoce su autor, parece que ya se rezaba en el siglo XII y que los franciscanos, en la primera mitad del siglo XIII, la rezaban después del oficio de Completas.
Fue esta actividad de los frailes franciscanos la que popularizó y expandió por todo el mundo cristiano el rezo de esta antífona en la que unen, el misterio de la encarnación “A quien has merecido llevar en tu seno”. con el de la resurrección “Ha resucitado, según dijo”.
Según S. S. Benedicto XVI el texto de la oración del Regina Coeli “es como una nueva “anunciación” a María, que esta vez no hace un ángel, sino los cristianos, que invitamos a la Madre a alegrarse porque su Hijo, a quien llevó en su seno, resucitó como lo había prometido.”
En la audiencia que el Papa Juan Pablo II celebró en mayo del 1997, habló de María y de la Resurrección, dando respuesta a las preguntas que podemos plantearnos al contemplar que los Evangelios refieren varias apariciones del Resucitado, pero no hablan del encuentro de Jesús con su Madre.
Juan Pablo II dice que el silencio no debe llevarnos a concluir que, después de su Resurrección, Cristo no se apareció a María; al contrario, nos invita a tratar de descubrir los motivos por los cuales los evangelistas no lo refieren.
Suponiendo que se trata de una omisión, se podría atribuir al hecho de que todo lo que es necesario para nuestro conocimiento salvífico se encomendó a la palabra de “testigos escogidos por Dios” (Hch 10, 41), es decir, a los Apóstoles, los cuales “con gran poder” (Hch 4, 33) dieron testimonio de la Resurrección del Señor Jesús.
Antes que a ellos, el Resucitado se apareció a algunas mujeres fieles, por su función eclesial: “Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán” (Mt 28, 10).
Si los autores del Nuevo Testamento no hablan del encuentro de Jesús Resucitado con su Madre, tal vez se debe atribuir al hecho de que los que negaban la Resurrección del Señor podrían haber considerado ese testimonio demasiado interesado y, por consiguiente, no digno de fe.
Los Evangelios, además, refieren sólo unas cuantas apariciones de Jesús Resucitado, y ciertamente no pretenden hacer una crónica completa de todo lo que sucedió durante los cuarenta días después de la Pascua.
San Pablo recuerda una aparición “a más de quinientos hermanos a la vez” (1 Cor 15, 6). ¿Cómo justificar que un hecho conocido por muchos no sea referido por los evangelistas, a pesar de su carácter excepcional? Es signo evidente de que otras apariciones del Resucitado, aun siendo consideradas hechos reales y notorios, no quedaron recogidas.
¿Cómo podría la Virgen, presente en la primera comunidad de los discípulos (Hch 1, 14), haber sido excluida del número de los que se encontraron con su Divino Hijo Resucitado de entre los muertos?
Más aún, es legítimo pensar que lo más seguro es que Jesús Resucitado se apareció a su Madre en primer lugar. La ausencia de María del grupo de las mujeres que al alba se dirigieron al sepulcro, ¿no podría constituir un indicio del hecho de que Ella ya se había encontrado con Jesús?
Esta deducción quedaría confirmada también por el dato de que las primeras testigos de la Resurrección, por Voluntad de Jesús, fueron las mujeres, las cuales permanecieron fieles al pie de la Cruz y, por tanto, más firmes en la fe.
Por último, el carácter único y especial de la presencia de la Virgen en el Calvario y su perfecta unión con su Hijo en el sufrimiento de la Cruz, parecen postular su participación particularísima en el misterio de la Resurrección.
Por ser imagen y Modelo de la Iglesia que espera al Resucitado parece razonable pensar que María mantuvo un contacto personal con su Hijo para gozar también Ella de la plenitud de la alegría pascual.

Por cierto el significado de la palabra hebrea Aleluya, que tanto repetimos estos días pascuales, significa “alabad al Señor”.