Santo súbito

Print Friendly

El sábado dos de abril del 2005, purchase hace hoy siete años, pharm murió Juan Pablo II, troche a las 21:37 horas de Roma, justamente el momento que, después de todo el día acordándome de él, me decido a escribir esta nota en su recuerdo.
En aquella ocasión no era Semana Santa, el Domingo de Ramos había sido el 20 de marzo y al día siguiente se celebraba el domingo de la Divina Misericordia, la misma festividad que se celebraba el día 1 de mayo de 2011, cuando su sucesor Benedicto XVI lo declaro Beato.
Hubo que esperar cinco años para que la legalidad permitiese que se hiciera realidad ese clamor espontáneo de aquella noche en la Plaza de San Pedro cuando miles de gargantas gritaron Santo Súbito.
La fiesta de la Divina Misericordia se celebra el primer domingo después del Domingo de Pascua, habiendo sido instituida precisamente por Juan Pablo II, el 30 de mayo del año 2000, para toda la Iglesia Universal en la canonización de la polaca Santa Faustina Kowalska, (apóstol de la Divina Misericordia) de la Congregación de Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia, conocidas como las “Hermanas Magdalenas”.
El Papa Juan Pablo II dijo que “de una manera especial, este es el domingo para dar gracias por toda la bondad que Dios nos ha mostrado con el ministerio de Su Pascua”.
Muchas son las cosas que se podrían escribir acerca de Juan Pablo II, el segundo Papa más longevo después de Pío IX (1846-1878), incluso todos tenemos recuerdos personales de este personaje; pero quizás pueda ser más oportuno en estos momentos, recordar un párrafo del texto del Decreto de beatificación publicado el viernes 14 de enero de 2011 por la Congregación para las Causas de los Santos, que dice:
“El pontificado de Juan Pablo II fue un elocuente y claro signo, no sólo para los católicos, sino para la opinión pública mundial, para personas de todos los colores y credos. La reacción mundial a su estilo de vida, al desarrollo de misión apostólica, al modo como soportó su sufrimiento, la decisión de continuar su misión petrina hasta el final como querida por la divida Providencia, y finalmente, la reacción a su muerte, la popularidad de la aclamación “¡Santo, ya!”, que algunos hicieron el día de su funeral, todo ello es base sólida en la experiencia de haberse encontrado con la persona que era el Papa. Los fieles sintieron, experimentaron que era un “hombre de Dios”, que realmente ve los pasos concretos y los mecanismos del mundo contemporáneo “en Dios”, en la perspectiva de Dios, con los ojos de un místico que alza los ojos sólo a Dios. Fue claramente un hombre de oración: tanto es así que, sólo en la dinámica de unión personal con Dios, de la escucha permanente a los que Dios quiere decir en una situación concreta, fluía la entera actividad del papa Juan Pablo II.”
Es el recuerdo que muchos tenemos de él.