Sobre la Cuaresma

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Después de la catequesis del miércoles de Ceniza SS Benedicto XVI publicó un tuits que decía “En el tiempo de Cuaresma que iniciamos, online esforcémonos por convertirnos, abriendo nuestra vida cada vez más a Dios.”
También el Prelado del Opus Dei en su carta de febrero, que se publica todos los meses en la página web de la Prelatura escribía “La Cuaresma, un tiempo especialmente adecuado para revisar nuestro comportamiento y mirar si estamos siendo generosos con Dios y con los demás por Dios”
De estas dos frases se podrían destacar una expresión en cada una de ellas: convertíos y generosidad con Dios, ambas son el núcleo de lo que tiene que ser la Cuaresma para un cristiano.
Los primeros cristianos no celebraban la Cuaresma. Durante los primeros momentos del cristianismo se hacía más énfasis en el acontecimiento Pascual de la Resurrección que en el aspecto sacrificial de la Cruz, por eso, lo que desde los primeros momentos se conmemoraba era semanalmente la fiesta pascual, el día del Señor, el domingo, también, siguiendo la costumbre judía, ayunaban los miércoles y los viernes para diferenciarse de ellos que lo hacían los lunes y los jueves (Didache Cap. 8).
No está claro cuando comenzó el tránsito hacia la fiesta pascual anual, en la que a la menoría de la Resurrección se le une la celebración de la Santa Pasión del Señor. Se habla que fue en los primeros tiempos, que incluso la Segunda Carta de San Pedro, atribuida a un discípulo de San Pedro, es una homilía pascual pronunciada en Roma, pero lo más probable es que la cuaresma comenzase a celebrarse en Roma, en tiempos del Papa Sotero, entre los años 166 y 175.
Eran tiempos en que se estaba desarrollando la doctrina y en este asunto se produjo lo que se conoce como “controversia pascual”. Existían partidarios de celebrar la Pascua el 14 de Nisán, igual que los judíos, y quienes decían que había que celebrarla en domingo. Era un tema no menor porque llevaba implícito hacer más énfasis en la muerte o en la resurrección del Señor.
Sin entrar en detalles, que nos apartarían de nuestro objetivo, el tema se resolvió cuando todos aceptaron que se celebrara en domingo. Más tarde, el Concilio de Nicea del año 325, determinó que la Pascua se celebraría el domingo siguiente al primer plenilunio de primavera. Por este motivo, la Pascua de Resurrección es fiesta variable, ya que depende de la luna y necesariamente deberá oscilar entre el 22 de marzo y el 25 de abril.
En consecuencia, el tiempo cuaresmal también es movible, porque todos sabemos que la Cuaresma son los cuarenta días previos a la Pascua de Resurrección. Empieza el miércoles de Ceniza y concluye el Jueves Santo por la tarde, antes de la Misa Vespertina de la Cena del Señor, con la que se inaugura el Triduo Pascual.
Evidentemente, la duración del camino cuaresmal tiene que ver con la significación simbólica del número cuarenta en las Sagradas Escrituras, los cuarenta años que pasaron los judíos en el desierto (Dt 8, 2), los cuarenta días que pasó Moisés en el Monte Sinaí (Ex 34, 28), los cuarenta días y cuarenta noches que el profeta Elías pasó caminando por el desierto hasta el monte Horeb (1 Re 19, 8), los cuarenta años que reinaron David (1 Re 2, 11) y Salomón (1 Re 11, 42) que culminan en la experiencia de Jesús en el desierto, donde se sometió a la tentación y al ayuno por espacio de cuarenta días y cuarenta noches, como nos cuenta escuetamente Mc 1, 12-13 y más extensamente Mt 4, 1-11 y Lc 4, 1- 13.
Los orígenes de la cuaresma están en conexión con la costumbre del ayuno pascual de dos días, el Viernes y Sábado, que se practicaba antes del Domingo de Resurrección, como lo atestigua San Hipólito († 235). Estos dos días de ayuno fueron aumentándose y ya en el año 331, San Atanasio de Alejandría, impuso a sus fieles un ayuno de cuarenta días. El Papa san Gregorio Magno (540-604) estableció las norma sobre el ayuno y la abstinencia que se instauró como norma general.
La Cuaresma comenzaba originariamente en domingo. Pero durante los siglos VI-VII, al acentuarse como característica terminante el ayuno, se adelantó su inicio al miércoles anterior al primer domingo, dado que como los domingos no se ayunaba, era necesario iniciarla el miércoles para que a la Pascua le precedieran cuarenta días de ayuno efectivo.
En la liturgia hispano-mozárabe la Cuaresma empieza en el primer domingo con una festiva despedida del Aleluya, al igual que en la liturgia ortodoxa, que la denominan Gran Cuaresma y que empieza este año el 18 de marzo, teniendo una duración de siete semanas.
El tiempo de Cuaresma comienza el miércoles de Ceniza, que este año ha sido el día 13 de febrero, acabando en las primeras horas de la tarde del Jueves Santo, que es cuando comienza el Triduo Pascual, la culminación de todo el año litúrgico.
Durante este tiempo de preparación de la Pascua de Resurrección, que debe ser un camino de penitencia y purificación, también se manifiesta en los signos externos y litúrgicamente no se canta el “Aleluya” ni se recita el “Gloria” en la Santa Misa. Los ornamentos sacerdotales son de color morado (menos en el domingo cuarto, “Laetare”, igual que el domingo “Gaudete” en Adviento, en los que puede usarse el color rosa).
Como dice el Misal Romano, la costumbre de cubrir las cruces y las imágenes de las iglesias, a partir del domingo V de Cuaresma (que antes se llamaba I domingo de Pasión), puede conservarse, a juicio de la Conferencia de los Obispos. Las cruces permanecen cubiertas hasta después de la celebración de la Pasión del Señor, el viernes santo, y las imágenes hasta el comienzo de la Vigilia Pascual.
Las seis semanas de la Cuaresma se dividen en tres etapas, marcadas por los evangelios correspondientes: los dos primeros domingos, con las tentaciones y la transfiguración del Señor; los tres siguientes, con las catequesis bautismales de la samaritana (agua), el ciego (luz) y Lázaro (vida), propias del ciclo A, pero que se pueden seguir cada año sobre todo se recomiendan cuando hay catecúmenos, aunque hay otra serie de lecturas para cada ciclo; y finalmente el domingo sexto, llamado de Ramos o de Pasión, que inaugura la Semana Santa.
Actualmente estamos en el ciclo C impar y las lecturas de estos domingos centrales de la Cuaresma son, el tercero invitación a la penitencia de Lc 13, 1-9, el cuarto la parábola del hijo prodigo de Lc15, 11-32 y el quinto el pasaje de Jn 8, 1-11 que nos presenta a la mujer adúltera a la que Jesús perdona y libera del pecado.
La Santa Misa que se celebra el miércoles de Ceniza es un compendio de la Cuaresma, todas las lecturas nos animan a la conversión, en la oración colecta pedimos fortaleza para que nos mantengamos en espíritu de conversión, en la primera lectura del profeta Joel se dice “convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso” y con el salmo 50 repetimos “Misericordia, Señor, hemos pecado”. Pero es claramente en el evangelio de San Mateo, donde se nos recuerdan los tres fines de la Cuaresma, oración, ayuno y limosna, Mt 6, 1-6. 16-18.
Vemos en este resumen, que la Iglesia nos está proponiendo un programa muy concreto, desde nuestro reconocimiento de que somos pecadores, pedimos fortaleza a nuestro Dios compasivo y misericordioso, para que mediante la práctica de la oración, del ayuno y la limosna alcancemos la conversión, que como Benedicto XVI dijo en la audiencia de dos días después de su renuncia, es seguir a Jesús de manera que su Evangelio sea guía concreta de la vida; significa dejar que Dios nos transforme.