Textos no canónicos

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Desde los inicios del Cristianismo, cialis los primeros cristianos pusieron por escrito el mensaje de salvación que habían recibido. La carta de san Pablo a los Tesalonicenses fue escrita en el año 51. El evangelio de Marcos alrededor de los años 70 y el Apocalipsis, la culminación de la Revelación sobre el año 95.
El Nuevo Testamento, en el que se incluyen los libros citados, está compuesto por lo que se denominan textos canónicos, pero obviamente, no se agota con ellos la producción literaria de aquellos momentos.
Existen otros muchos textos que sin ser reconocidos como canónicos (de inspiración divina y reconocidos por la Iglesia) son una prueba de lo que creían y pensaban aquellos primeros cristianos.

Padres Apostólicos (Siglos I-II)
Durante el siglo primero se escribieron los documentos canónicos fundamentales en la doctrina cristiana y que se conocen en su conjunto como Nuevo Testamento.
Además de estos textos existen en este primer siglo de la Iglesia, una serie de escritos de orígenes y contenidos diversos, pero de un indudable interés para explicar la evolución y desarrollo del cristianismo y para conocer el ambiente teológico y espiritual de estos primeros cristianos.
Estos escritos, que se escriben en las propias comunidades cristianas, transmiten la predicación apostólica más inmediata y van dirigidos a los fieles de esas comunidades.
No obstante, ya se ve en ellos las ideas fundamentales de lo que es la doctrina cristiana como religión diferente al judaísmo, con sus sacramentos como el bautismo y la eucaristía y dentro de una organización cultual incipiente siguiendo la tradición de los Apóstoles
Estas obras fueron escritas desde finales del siglo I, cuando aun vivían algunos Apóstoles, hasta mediados del II

Padres Apologistas (Siglos II-III)
Los escritos de los Padres Apostólicos tenían como objetivo contar a sus comunidades los principios apostólicos que habían recibido directamente de los Apóstoles y de las personas que los habían conocido, enseñando a las comunidades la doctrina que practicaban.
Sin embargo, los autores del siglo II y III, se enfrentan realmente con problemas importantes, tienen que salir en defensa del cristianismo ante los ataques cada vez más frecuentes del mundo pagano, entre los que se encontraban en minoría, a pesar del espectacular crecimiento que había tenido la nueva religión y que en el año 107 lleva a San Ignacio de Antioquia a declararla como católica, es decir universal, en su carta a los de Esmirna.
Estos apologistas o defensores de la doctrina cristiana, se conocen con el nombre de Padres Apologistas.
Los apologistas se proponen no solamente manifestar públicamente la verdadera naturaleza del cristianismo, exigiendo un respeto a sus creencias, sino con sus escritos conseguir nuevos adeptos.

Edad de Oro de los Padres (Siglos IV-V)
El siglo IV se producen dos hechos trascendentales para el cristianismo.
En el año 313, la decisión de Constantino y Licinio de decretar la libertad de religión en el Imperio, que pasó a la historia con el nombre de Edicto de Milán, supuso el comienzo de un cambio de actitud del poder frente a la nueva religión.
Y el 27 de febrero del año 380, el emperador Teodosio reconocía al Cristianismo como religión oficial del Imperio mediante el edicto de Tesalónica.
Doctrinalmente, durante los comienzos del siglo IV la Iglesia estaba centrada en la definición del misterio trinitario, siendo necesaria la convocatoria del Concilio de Nicea del año 325, para que los Padres Conciliares llegaran a resolver una parte del mismo. En este Concilio se definió la consustancialidad del Padre y del Hijo, la que Arrio y sus sucesores negaban.
Algunos autores han llamado a esta época la Edad de Oro de los Padres, en la que se produce, además de un esplendor en el desarrollo de la liturgia, un avance en la configuración del dogma como consecuencia de las controversias teológicas, tanto trinitarias como cristológicas, que tuvieron sus conclusiones en los cuatro concilios ecuménicos que se convocaron, el de Nicea (325), primero de Constantinopla (385), Éfeso (año 431) y Calcedonia (año 451).